Despejado

El cerro estaba allí

en su casa

esperando a los humanos

que llegaban para pedir milagros.

La mayoría buscaba

sentir la vida

fluir en sus venas.

Yo con ellos.


Este sacerdote

frente a su pila de agua helada y bendita

escondido detrás su sotana de hielo

absolvia a los bipedos de todos sus pecados.

Ante todo, lo de no vivir.

De frente a esta entidad desconocida

yo dejé todas mis cosas

y me encontré solo y desnudo

y finalmente con una mirada despejada entendí:

era una bruja,

era un consejo de brujas

con sus gorros de nubes

hechas de vórtices congelados.

Eran claramente

antepasadas de las brujas que hace tiempo 

no queremos ver en nuestras calles

que hicimos ceniza y escondimos donde no queremos llegar.
 

La bruja mayor despejó la presencia

de mis miedos

y con un soplo de viento

los empujó hacia mi vida.

Un soplo monstruoso.

Para ella nada más que el respirar durante su sueño.
 

El Cerro Torre despejó el  cielo 

a su alrededor 

y me permitió ver

en su cabeza el hongo de hielo

donde concentran su magia mística 

todos los vientos antes de dar 

nuevas vueltas al mundo.

La pila de agua

se reveló entonces como un espejo

de ilusión 

que las mentiras hunden en la laguna

o se perdien en el cielo

por una sola peregrinación 

hecha en toda la vida.

 

Las brujas me dijeron:

volvé otra vez,

usá este viento para limpiar 

tus días enmarañados,

allí estarás listo para subir hasta nuestros pies 

y cebar una poción

de nuestra salvaje brujería,

de tu salvaje alma.

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